suelo.
La voz indiferente de mi marido diciendo que no había sitio.
En aquel momento creí que mi corazón se había roto.
Ahora comprendía que, en realidad, algo dentro de mí había despertado.
Subí al apartamento y encontré sobre la mesa dos entradas.
Las había comprado para el fin de semana siguiente.
Luo Luo llevaba meses pidiéndome volver a Disneyland.
Esta vez no íbamos a ir para escapar de una humillación.
Íbamos porque queríamos.
Porque podíamos elegir.
Porque la alegría ya no tenía que ser la recompensa inesperada de un