intentando no hacerlo sentir incómodo.
Él se rio.
—Seguro es el calor.
Pero yo no estaba tan convencida.
Cambió de jabón, empezó a ducharse con más frecuencia, utilizó ropa limpia e incluso probó diferentes desodorantes.
Nada funcionaba.
Finalmente conseguí convencerlo para pedir una cita con un urólogo. No porque supiéramos exactamente qué estaba pasando, sino porque queríamos descartar cualquier problema en la zona íntima.
Decidí acompañarlo para apoyarlo.
Cuando llegamos a la consulta, mi esposo estaba visiblemente nervioso.
—Seguro el médico me dirá que estoy exagerando —me dijo mientras esperábamos.