una libreta.
—Hice cuentas.
—¿De qué?
—De todo lo que te hicimos gastar corriendo detrás de enfermedades que no existían.
Puso sobre la mesa un sobre con dinero.
—No alcanza para compensar 5 años. Pero quiero empezar.
No lo abracé. Tampoco fingí que todo estaba perdonado. Acepté la disculpa, no el olvido. Desde entonces, cada mes mis suegros depositan una pequeña cantidad en una cuenta que abrí exclusivamente para sus propios gastos médicos futuros. El dinero sigue siendo de ellos. Yo no lo uso. Julián una vez bromeó con comprar
Después de asustar a mi hija diciendo que iba a morir por mi culpa, mi suegra quiso instalarse en mi casa; esa tarde dejó de fingir para siempre