que su arrepentimiento fuera real.
Aquella tarde cogí la caja de música de madera de Evelyn y la llevé hasta el porche, frente al lago.
Cuando la abrí, comenzó a sonar suavemente la melodía de nuestra boda.
La música se extendía por el aire tranquilo.
Durante cuarenta y seis años, Evelyn y yo habíamos trabajado, hecho sacrificios y soñado con llegar juntos a la vejez.
El cáncer nos había arrebatado ese futuro.
Pero yo no iba a permitir que la codicia de otras personas también me robara los años que