Fui a escondidas con otra ginecóloga sin decirle nada a mi esposo. Él no dejaba de repetir que quitarme las llaves, el celular e incluso prohibirm

no debería estar ahí.

La doctora Camila Ríos apagó el monitor del ultrasonido antes de decirlo, como si la pantalla misma hubiera visto demasiado.

Yo estaba acostada en la camilla, con 8 meses de embarazo, las manos apretadas sobre mi vientre y el celular vibrando sin parar dentro de mi bolsa. Afuera, en la recepción de la clínica, mi esposo Adrián golpeaba la puerta de cristal.

—Valeria, abre. Estás confundida. La doctora no conoce tu historial.

Su voz sonaba tranquila, profesional, casi preocupada. Esa era la voz que usaba cuando