había joyas, ni dinero, ni cartas de amor acumuladas durante su cautiverio.
Había un teléfono satelital antiguo, una cinta de audio analógica de nueve milímetros y una fotografía borrosa en blanco y negro. En la imagen se veía a un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros frente a la sede de un fondo fiduciario internacional en Zúrich. En el centro de la escena, sosteniendo un maletín, aparecía un rostro que me hizo helar la sangre: mi padre.
—¿De dónde sacaste esto, Jonah? —mi voz fue apenas un hilo de