educada para no mostrar debilidad jamás. Sin embargo, en el fondo de sus pupilas oscuras ardía una tormenta de desconcierto y furia contenida.
—Esto es un malentendido grotesco —declaró Elena con una voz firme que retumbó en el vestíbulo.
—Tiene derecho a permanecer en silencio, señora Montenegro —respondió el inspector con tono impersonal, guiándola hacia la salida.
—¡Mateo! —gritó ella, girándose bruscamente antes de cruzar el umbral—. ¡No sabes lo que has hecho! Crees que has ganado, pero acabas de firmar tu propia ruina.
El hombre no respondió. Mantuvo la