mitad de la escalera.
—¿A las siete y media otra vez?
—Avery.
—No dije nada.
—Lo dijiste con la cara.
La Cenicienta de los domingos
Abajo, Chloe ponía la mesa con la vajilla buena de la abuela.
—La Cenicienta viene a cenar —anunció mientras doblaba una servilleta con forma de algo vagamente parecido a un cisne.
—Sé amable.
—Estoy siendo amable. Solo digo que el señor tiene horario de Cenicienta. Todos los domingos, bum, siete y media, sale como si la calabaza estuviera por explotar.
Casi lo defendí. Casi. Pero