Mi esposo quemó mi único vestido decente; no imaginó que yo era la dueña de la fiesta

estaba soltero y que su exesposa era una mantenida! ¡Se lo juro por Dios, jamás me habría metido con él!

Adrián sintió el suelo desmoronarse bajo sus zapatos. Y entonces, ante los ojos de los accionistas, socios y miembros de la prensa, cayó de rodillas.

Ahí mismo. En el centro del salón.

El mismo hombre que horas antes me había insultado, que me había llamado «vergüenza» y que había encendido su mechero para quemar mi ropa, ahora agachaba la cabeza, con su orgullo y su soberbia reducidos a cenizas:

—¡Clara,