Mi suegra me afeitó la cabeza mientras dormía

una botella de agua del refrigerador.

Ni siquiera miró el papel.

—Perfecto.

Eleanor sonrió.

—Sabía que entrarías en razón.

Daniel apareció poco después.

Parecía aliviado.

Como si hubiera evitado una crisis.

—Sabía que podríamos resolverlo.

Mariana casi sintió lástima por él.

Casi.

—Claro que sí.

Terminó el agua.

Tomó las llaves.

Y salió.

***

A las nueve de la mañana estaba sentada en una sala de conferencias de cristal.

No en Recursos Humanos.

No para renunciar.

Sino en una reunión con los abogados corporativos de la empresa.

Sobre la mesa había