encontraba sentado al borde de la cama, mirándome fijamente durante largo rato.
Pensaba que se arrepentía de haberse casado conmigo.
Pero todo comenzó un martes por la noche.
Robert creía que yo estaba dormida.
Salió al salón y llamó por teléfono a una mujer.
—Sí, Linda, ya he tomado la decisión definitiva. No puedo seguir así.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Susan lo sabe? —preguntó la mujer.
—No. Y no debe enterarse antes del viernes.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Robert dijo algo que jamás olvidaré.
—Ya