una sonrisa torcida.
Mi hermanastro.
El hijo de Reagan.
El mismo que durante años acumuló deudas de juego y luego aparecía en casa pidiendo “préstamos” a mi padre.
—Vaya —dijo—. Mira quién volvió. El expresidiario viene a reclamar herencia.
Di un paso hacia la entrada.
Reagan bloqueó la puerta con el cuerpo.
—Si pones un pie en esta propiedad, llamo a la policía. Y con tus antecedentes, no creo que te convenga.
Carter soltó una risa baja.
—Haz caso, Finn. Las celdas ya deben extrañarte.
La puerta se cerró frente