lo bastante ingenua como para creer que aquel gesto era su respuesta.
Pensé que la había rechazado.
Esa misma noche, su abogado personal entró en nuestra habitación y colocó sobre la mesa un acuerdo de divorcio perfectamente preparado.
Levanté la vista hacia Adrian.
Permanecía de pie a unos pasos de mí, impecable como siempre, con el rostro sereno y distante. Había culpa en sus ojos, aunque se esforzaba por esconderla.
No le pregunté por qué.
No lloré.
Leí rápidamente las cláusulas, tomé la pluma y firmé.
—¿Tengo que irme esta