dicho que yo ni siquiera era digna de estar a su lado.
Al verme callada, asumió que había aceptado.
Fue hasta el auto y abrió la puerta del copiloto para mí.
Jamás lo había hecho mientras éramos esposos.
—Mis náuseas han empeorado —le expliqué—. El olor de los restaurantes me hace sentir mal.
Adrian se quedó inmóvil.
Durante unos segundos pareció recordar, por primera vez, que llevaba a su hija dentro de mí.
—Fui desconsiderado.
—No tiene que preocuparse, señor Sterling. Pediré un auto.
Su mandíbula se endureció.
—Sube. Yo