podía ayudar de otra manera.
Podía
revisar con ellos los documentos.
Podía ordenar las cantidades.
Podía acompañarlos a entender qué obligaciones existían y cuáles estaban realmente relacionadas con la casa.
Pero no iba a pagar una deuda que nadie podía explicar claramente.
Y, sobre todo, no iba a hacerlo mientras me siguieran diciendo que mis hijos eran una carga.
Mi papá no discutió.
Solo dijo:
—Entiendo.
No sé si realmente lo entendía.
Pero fue la primera vez que no intentó defender a Alejandro.
Cuando regresamos a Querétaro, mis hijos todavía