para Walter.
El más pequeño se negaba a permitir que alguien retirara su plato hasta saber si el abuelo Walter iba a venir.
A Walter se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Creía que se alegraban de verme porque les traía regalos —susurró.
Sarah negó con la cabeza.
—Te guardaban un sitio en nuestra mesa mucho antes de que nos trajeras nada. No necesitan a un hombre que les compre obsequios; necesitan al abuelo al que han llegado a querer.
Por primera vez en años, Walter rompió a llorar.
El