El acusado, de 101 años, había aceptado su destino, hasta que su vecino se puso en pie, se volvió hacia el juez y reveló el único secreto que podría cambiar su vida para siempre.

formaba parte de una familia.

Y aquella familia, a la que él había intentado proteger con tanto ahínco, también lo estaba protegiendo a él.

A veces, el mejor regalo no es algo que se pueda comprar. Es saber que alguien nos guarda un sitio en su mesa; saber que pertenecemos a algún lugar.