perfecto.
La pantalla quedó frente a mi rostro.
Y el mundo se detuvo.
En la foto, un hombre inclinaba la cabeza para besar la frente de la chica.
Traje gris.
Perfil elegante.
La misma mandíbula.
La misma mano que yo había sostenido durante tres años de matrimonio.
Era Adrian.
Mi Adrian.
Mi esposo.
El hombre que esa mañana me había escrito que estaba atrapado en una reunión.
La chica, ajena a mi silencio, me miró con emoción.
—Dime la verdad. ¿Mi esposo gana o no gana?
El viento de otoño