y apoyar la frente contra la palma de mi mano.
El olor dulzón del perfume que Julián usaba parecía flotar de nuevo en el aire acondicionado del avión.
Ese aroma a madera de cedro y bergamota que durante años asocié a la seguridad del hogar, y que ahora solo me recordaba a la trampa calculada de un estafador con traje a medida.
Inhalé hondo por la nariz y exhalé muy despacio por la boca.
Uno.
Dos.
Tres.
No podía permitirme el lujo de derrumbarme ahora.
La emoción descontrolada es el