cabeza, el guion era perfecto: una novia embarazada encerrada en el coche, doscientas personas mirando, el novio desesperado, los padres avergonzados y la hermana menor obligada a sacrificar su apartamento para “salvar la boda”.
Pero mi madre acababa de romperle el teatro.
—¿Qué dijo? —preguntó Carmen, como si no hubiera oído bien.
Mi madre repitió, palabra por palabra:
—Dije que, si Marina no baja del coche, puede quedarse en el coche. La boda queda cancelada.
Esta vez todos escucharon.
Un murmullo recorrió la entrada.
Mi padre, que hasta entonces intentaba