tiempo encerrado en su viejo taller.
Pero cada vez que veía a Lily, sus ojos volvían a iluminarse.kara
Por eso, al principio no me preocupé cuando mi hija me habló de su nuevo juego.
—El abuelo mide cuánto he crecido —me contó.
Supuse que mi padre simplemente marcaba su altura en alguna pared. Sin embargo, la semana siguiente noté que llevaba una cinta métrica amarilla cuando bajó de su coche.
—¿Para qué necesitas eso? —pregunté en tono de broma.
—Para nuestro proyecto secreto —respondió, guiñándole un ojo a Lily.