escondía otra familia.
Siempre llegaba con flores, sonreía durante la cena y trataba a todos con una amabilidad que parecía sincera.
Pero cuando el reloj se acercaba a las siete y media, se transformaba.
Miraba la hora.
Se ponía nervioso.
Tomaba su viejo maletín de cuero.
Y desaparecía.
Nunca se quedaba a tomar café.