la casa llevando clavos en una lata vieja.
La puerta principal quedó pintada de azul.
Samuel decía que ese azul hacía que la casa pareciera estar sonriendo.
Cuando murió, en 2012, la casa dejó de ser simplemente una propiedad.
Se convirtió en el lugar donde todavía podía verlo.
Por eso me dolió tanto aquella llamada.
Mateo tenía 34 años cuando me telefoneó desde el aeropuerto.
“¡Mamá, Vanessa y yo nos casamos ayer!”
Me quedé con la taza de café suspendida frente a los labios.
“¿Ayer?”
“Sí. Fue increíble. Tuvimos 46