y Tomás. Sobraba uno.
—¿Quién más viene?
Acomodó un tenedor.
—Rosa.
Durante unos segundos pensé que había oído mal.
La mujer del portón
Rosa había trabajado en nuestra casa durante buena parte de mi infancia, y además era costurera. Hacía dobladillos, ajustaba vestidos y convertía retazos en ropa para mis muñecas. Cuando yo volvía de la escuela, a veces dejaba la mochila en el suelo y me quedaba mirando cómo sus pies movían el pedal de la máquina.
Yo tenía dieciséis años cuando desaparecieron las joyas de mi madre. Recuerdo