frente, verla llegar con un vestido de novia, cenar con todos los que queremos, sacarnos demasiadas fotos, bailar mal y por fin llamarla mi esposa. Camila lo sabía, y parecía totalmente de acuerdo.
Elegimos un pequeño jardín al aire libre. Ella escogió las flores, discutió conmigo por el sabor del pastel y pasó semanas decidiendo si llevaría el pelo recogido o suelto. Lo único sobre lo que se mostraba extrañamente reservada era su vestido. Me dijo que quería que la primera vez que lo viera fuera cuando caminara hacia el