PARTE 2 — EL HOMBRE QUE PENSÉ QUE ESTABA MUERTOKARA

Pan.

Huevos.

Cereales que le gustaban a Emma.

Galletas.

Verduras frescas.

Medicinas.

Dos mantas nuevas.

Un calefactor.

Emma miró las bolsas de compras como si hubiera llevado la Navidad a casa.

—Mamá, ¿somos ricos?

Me reí y lloré al mismo tiempo.

—No, cariño.

Le besé la frente.

—Simplemente tuvimos suerte.

Aquella noche, después de que se durmieran, me senté en nuestra diminuta mesa de cocina y saqué una vieja caja de cartón del armario.

La caja de Ryan.

La había llevado conmigo por seis apartamentos y dos matrimonios.

Dentro había