los dedos.
No por él.
Porque en algún lugar de Chicago, Brandon seguía enfermo.
Porque me quedaban doce dólares en el bolso.
Porque si perdía este trabajo, no tenía idea de qué vendría después.
Se abrió el primer botón.
Luego el segundo.
Una vieja cicatriz cruzaba el hombro del señor Bennett.
El tercer botón reveló la fina cadena plateada alrededor de su cuello.
Al principio apenas me fijé en ella.
Entonces el colgante quedó libre.
Un pequeño relicario ovalado.
De plata.
Rayado en uno de los bordes.
Dos iniciales grabadas