su padre.
Solo había decidido no abandonarlo.
Lo demás lo construimos juntos.
A la mañana siguiente, Mason tenía entrenamiento temprano.
Yo preparé café mientras él buscaba sus tachones.
—¿Dónde dejaste la cinta?
Me quedé quieto.
Luego miré hacia la mesa.
Seguía junto a la fotografía y al trofeo.
—Aquí.
Mason la tomó.
Pensé que iba a guardarla.
Pero volvió a ponérsela en la muñeca.
—¿No dijiste que ya no la necesitabas?
—No la necesito.
—Entonces, ¿por qué te la pones?
Me miró con una sonrisa.
—Porque quiero.
Y ahí entendí