Tragó saliva con dificultad.
“Leía mi diario. Abría mis cartas. Escuchaba mis llamadas telefónicas. Si pasaba demasiado tiempo con una amiga que no le gustaba, se aseguraba de que no volviera a verla.”
Sentí que se me encogía el estómago.
Aquello no se parecía en nada al abuelo que yo conocía.
“Pero ¿por qué lo de sentarse en su regazo?”, pregunté.

Mamá cerró los ojos.
Aquella pregunta parecía más difícil de responder que todas las demás.
“Porque eso formaba parte de la actuación.”
La miré fijamente.
“¿Qué actuación?”
“La de