Manuel y se lo torció hacia atrás.
—Manos a la espalda.
Don Manuel obedeció.
Clic.
Clic.
Las esposas cerraron sobre sus muñecas.
Demasiado apretadas.
Luego Sergio hizo algo que nadie en ese parque olvidaría.
Le puso una mano en la cabeza y lo obligó a arrodillarse sobre el césped.
Las rodillas de don Manuel golpearon la tierra.
Su pantalón se manchó.
Sergio apoyó una rodilla en su espalda.
—Debió levantarse cuando se lo dije.
A veinte metros, Javier Robles se quedó inmóvil.
La pelota cayó a sus pies.
Ahora sí.