robarme.
Había construido un plan basado en algo todavía más cruel.
La idea de que nadie escucharía a mi madre.
A las 3:12 de la madrugada, las puertas del elevador se abrieron.
Javier apareció.
Ya no parecía el ejecutivo impecable que saludaba sonriente a nuestros vecinos.
Tenía la camisa arrugada, los ojos rojos y el rostro desencajado.
Caminó directamente hacia mí.
—Dame la tarjeta.
—La tiene la Fiscalía.
Su rostro se endureció.
—Siempre has sido una inútil.
Meses atrás habría bajado la mirada.
Aquella noche miré hacia la habitación