Parte 1
—Señora, con esa niña dormida y esas flores maltratadas, quizá debería buscar un hotel más barato por la avenida.
Me quedé inmóvil frente al mostrador de mármol.
No por mí.
Por mi hija.
Lucía tenía 6 años y dormía con la cara hundida en mi cuello, agotada después de casi 4 horas de retraso en nuestro vuelo.
Yo llevaba una chamarra de piel café bastante gastada, una mochila llena de galletas, cargadores, una muda de ropa y el conejo de peluche que Lucía abrazaba cada noche desde que