Me estaba preparando para una cita especial. No era un café rápido ni un paseo sin compromisos: era un encuentro con intenciones serias. Él se llamaba David, tenía sesenta años, hablaba con calma y transmitía seguridad, sin promesas vacías. Fue él quien me invitó a cenar a su casa.
Una invitación que parecía prometedora
—Linda, quiero cocinar algo especial para ti —me dijo por teléfono—. En los restaurantes hay mucho ruido; en casa podremos conversar tranquilos.
Aquella propuesta me agradó. Un hombre dispuesto a cocinar él mismo parece hoy una