Mi padre seguía de pie en el umbral, pero ya no parecía el hombre que me había echado de casa diez años antes.
Su rostro había perdido color.
Mi madre se apoyó en el marco de la puerta como si las piernas hubieran dejado de obedecerle. Miraba a Leo sin parpadear. No era la mirada de una abuela que descubre a su nieto.
Era la de alguien que reconoce un fantasma.
Leo, ajeno al silencio, sostuvo con más fuerza la correa de su mochila.
—Mamá —susurró—, ¿ellos son el abuelo