Mis hijas gemelas, Sophie y Ella, tenían solo seis años cuando nuestras vidas se dividieron en dos partes: antes del accidente y después del accidente.
Antes de aquel día, eran unas niñas felices. Llenaban nuestra casa de risas, corrían de una habitación a otra, discutían por los juguetes y, cinco minutos después, se abrazaban como si nada malo existiera en el mundo.

Les encantaba nadar.
Les encantaba bailar en la cocina mientras yo preparaba la cena.
Y cada noche, antes de dormir, me hacían la misma