—Mamá, no se fue.
Tomás lo dijo tan bajito que casi no lo escuché. Yo estaba parada en su cuarto con un frasco de vidrio entre las manos: monedas, billetes doblados en cuatro y hasta el billete que le había regalado su abuela Norma para el cumpleaños.
Hacía días que lo veía llenarse. Esa tarde lo encontré metiendo el dinero de la merienda.
—¿Quién no se fue, mi amor?
Me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Emilia.
Nuestra hija había muerto quince días antes.