La memoria USB pesaba casi nada.
Sin embargo, cuando cayó en mi palma, sentí que llevaba todo el peso de los dos años que había pasado con Rebecca: las cenas, los viajes, las promesas, las conversaciones en las que ella me decía que mi hija necesitaba tiempo para aceptarnos.
Me obligué a no mirar de nuevo hacia el pasillo.
Noah seguía frente a mí, con el conejo de peluche de su hermano menor asomando de su bolsillo y los ojos grandes clavados en mi rostro.
—¿Dónde está mamá ahora? —pregunté.