La sala de visitas quedó congelada después de aquellas palabras.
—Ha llegado el momento de que conozcan la verdad.
Nadie respiraba con normalidad.
Los guardias miraron a Salomé como si acabaran de descubrir que aquella niña pequeña no había llegado allí solo para despedirse.
Había llegado con una respuesta.
Ramira seguía abrazando a su hija.
—Salomé… dime exactamente qué viste.
La niña miró primero a su madre y después al coronel Méndez, que observaba desde el cristal de seguridad.
—No lo vi.
Ramira frunció el ceño.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?