PARTE 1
—¡Esa mujer pelona ni siquiera debería dejarse ver cuando hay visitas! —gritó mi hermana desde la sala, mientras mi esposa, de rodillas, recogía un plato roto del patio.
Yo acababa de volver a México después de cuatro años trabajando en un taller metalúrgico de Calgary, Canadá. Nadie sabía que regresaría. La planta había suspendido operaciones por un incendio menor y decidí usar esas semanas para sorprender a mi familia en una comunidad cercana a Celaya, Guanajuato.
Durante cuatro años soporté turnos de doce horas, inviernos de veinte grados