bajo cero y comidas recalentadas. Cada mes enviaba entre treinta y cinco y cuarenta mil pesos a la cuenta de mi madre, Teresa. El dinero era para construir una casa, asegurar nuestro futuro y cuidar a Lucía, mi esposa. En total había mandado más de un millón setecientos mil pesos.
Al llegar, encontré una casa de dos pisos, portón dorado, camioneta nueva y muebles que parecían de revista. Sentí orgullo hasta que vi a Lucía junto al lavadero.
Estaba tan delgada que su ropa colgaba como si cubriera un esqueleto.