PARTE 2
El nombre en la identificación decía “Mateo Montenegro”. La foto coincidía. Ojos oscuros, una mirada pesada y directa, no de cansancio, sino de quien está acostumbrado
a observar el mundo sin pedir permiso. —Pasa, pero solo a la cocina —le dije, intentando que mi voz no temblara. La cocina de mi tía Carmen era pequeña pero cálida.
Encendí la estufa y puse a calentar agua para café. Mateo se sentó en un banco de madera, pegado a la pared, ocupando el menor espacio posible, como si supiera que