su
presencia invadía mi refugio. No se quitó la chamarra mojada hasta que se lo pedí. Debajo traía un suéter oscuro, también húmedo. —Conducía desde la Ciudad de México
—explicó, sosteniendo la taza de café caliente con ambas manos—. El GPS me mandó por una brecha, caí en un bache enorme y la transmisión tronó. Caminé dos horas en
la oscuridad. Me caí, por eso el labio. A la mañana siguiente, mi tía Carmen, con su habitual pragmatismo mexicano, no se asustó al ver a un extraño en su cocina.