Antes de que Álvaro regresara, Lucía dejó en manos del abogado la copia de la escritura para que empezara a revisar de inmediato cómo habían usado su propiedad sin su consentimiento.
Ya no se trataba de descubrir si su marido tenía una amante.
Eso, por doloroso que fuera, había quedado desplazado por algo mucho más grave: alguien había imitado su firma, había utilizado la casa que heredó de su abuela como garantía y había vinculado su nombre con una deuda de 430.000 euros que ella nunca había solicitado.
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