Aquella sonrisa de triunfo dibujada en la cara de Diego se convirtió en una mueca de absoluta incredulidad en cuanto observó el papel rasgado en el fondo del contenedor. Por un segundo, la terminal de salidas pareció quedarse en silencio mientras Doña Carmen y Karla avanzaban unos pasos más antes de notar que nos habíamos detenido. Mi esposo regresó hacia mí con el rostro rojo de rabia, tratando de tomarme del brazo con brusquedad, pero me hice a un lado con una compostura implacable que lo tomó por sorpresa.
—¿Qué
El precio del desprecio