demonios estás haciendo, Valeria? —siseó entre dientes, consciente de las miradas curiosas de otros pasajeros en la fila de abordar—. ¡Nos van a dejar abajo! ¿Qué te pasa por la cabeza?
—Lo que me pasa por la cabeza, Diego, es que no voy a ser la financiera de sus caprichos ni la sirvienta de tu familia —respondí con una serenidad helada, ajustando la correa de mi bolso de mano sobre el hombro.
—¡Estás loca! Mi mamá y mi hermana están aquí —exclamó él, levantando la voz mientras Doña Carmen se
El precio del desprecio