La iluminación fluorescente de la despensa del personal de la clínica pediátrica emitía un zumbido sordo, monótono y vibrante. Era una frecuencia que normalmente pasaba desapercibida durante mis turnos de doce horas, pero hoy se sentía como una pesada herramienta eléctrica clavándose directamente en mi cráneo.
Me quedé inmóvil junto al frío fregadero de acero inoxidable. Miré fijamente la fecha de caducidad impresa con tinta azul oscuro en un cartón de leche semidesnatada que reposaba sobre la encimera. La fecha era el doce de octubre. La leí tres veces, intentando