Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

PARTE 1

—¡¿Cómo es posible que mi nieta esté lavando ropa ajena para comprarle leche a su hijo, si hace dos años le regalé una casa de doce millones de pesos?!

Mi abuelo gritó aquellas palabras frente a todos los vecinos. Yo me quedé inmóvil, con las manos cubiertas de jabón y mi hijo de tres años abrazado a mis piernas.

Me llamo Mariana, tengo treinta y dos años y, hasta aquel mediodía, creía que mi esposo era el hombre más sacrificado del mundo.

Vivíamos en un pequeño departamento de