PARTE 1
—¡¿Cómo es posible que mi nieta esté lavando ropa ajena para comprarle leche a su hijo, si hace dos años le regalé una casa de doce millones de pesos?!
Mi abuelo gritó aquellas palabras frente a todos los vecinos. Yo me quedé inmóvil, con las manos cubiertas de jabón y mi hijo de tres años abrazado a mis piernas.
Me llamo Mariana, tengo treinta y dos años y, hasta aquel mediodía, creía que mi esposo era el hombre más sacrificado del mundo.
Vivíamos en un pequeño departamento de