Tonalá, a las afueras de Guadalajara. Las paredes tenían humedad, el ventilador apenas funcionaba y, cuando llovía, teníamos que colocar cubetas debajo de las goteras.
Mi esposo, Ricardo, supuestamente trabajaba supervisando construcciones en Querétaro. Regresaba una vez cada varias semanas y siempre repetía lo mismo:
—Aguanta un poquito más, mi amor. Estoy ahorrando para comprarnos algo bonito. Todo lo hago por ti y por Mateo.
Yo le creía.
Para ayudar con los gastos, lavaba y planchaba ropa de algunas vecinas. Había dejado mis estudios de diseño de modas cuando nació