Mi esposo me llamaba desde su supuesto trabajo y decía: “Aguanta un poquito más, pronto tendremos nuestra casa”. Mientras tanto, nuestro hijo de tres años y yo vivíamos entre goteras. Hasta que mi abuelo llegó y preguntó dónde estaba la residencia que nos había comprado. Guardé la dirección y fui sin avisar. Allí encontré a mi marido, a otra mujer y a mi suegra viviendo como millonarios…

Tonalá, a las afueras de Guadalajara. Las paredes tenían humedad, el ventilador apenas funcionaba y, cuando llovía, teníamos que colocar cubetas debajo de las goteras.

Mi esposo, Ricardo, supuestamente trabajaba supervisando construcciones en Querétaro. Regresaba una vez cada varias semanas y siempre repetía lo mismo:

—Aguanta un poquito más, mi amor. Estoy ahorrando para comprarnos algo bonito. Todo lo hago por ti y por Mateo.

Yo le creía.

Para ayudar con los gastos, lavaba y planchaba ropa de algunas vecinas. Había dejado mis estudios de diseño de modas cuando nació