Nunca pensé que perdería mi trabajo por decirle a un hombre que no tenía derecho a tocarme.
Tampoco imaginé que aquel hombre sería Vincent Hayes, uno de los nombres más temidos de Chicago.
Hasta aquella noche, mi vida era sencilla, aunque estuviera llena de dificultades.
Trabajaba limpiando oficinas, volvía a casa cuando casi todo el mundo dormía y hacía cuentas constantemente para asegurarme de que mi abuela tuviera sus medicamentos.
No tenía ahorros importantes ni personas poderosas a quienes llamar si necesitaba ayuda.
Solo tenía un empleo que necesitaba conservar.