PARTE 2
Durante varios segundos nadie se atrevió a pronunciar una palabra.
El mayordomo seguía inclinado ante Lu Zheng. Los hombres que habían destrozado mi casa intercambiaban miradas nerviosas.
Yo miré al desconocido que había llegado la noche anterior.
Llevaba los pantalones manchados de barro, tenía una hoja de arroz enganchada en el cabello y sostenía una hoz oxidada.
No parecía precisamente alguien importante.
—¿Futura esposa? —repetí, desconcertada.
Lu Zheng se volvió hacia mí con una tranquilidad exasperante.
—Todavía no me has aceptado. Lo sé.
—¡Ni siquiera sabía que estabas